El agua, tema de seguridad a escala mundial


El arqueólogo académico de Harvard Steven LeBlanc, en su libro Constant Battles, estudia el vínculo histórico entre las guerras y el agotamiento de los recursos naturales de una civilización. Explica cómo, desde la prehistoria, la propensión de la humanidad al conflicto se ha derivado del impulso de salvaguardar la capacidad de carga de su hábitat. Cuando la capacidad de carga es escasa, por crecimiento descontrolado de la población y disminución del abastecimiento de agua, energía y alimentos, el entorno inmediato no es suficiente para mantener a sus habitantes, incitando al enfrentamiento con poblaciones vecinas provistas de recursos.

Este trabajo cobra especial resonancia a medida que el mundo se esfuerza por abordar el cambio climático y la explosión de la población. De hecho, su tesis ha influido considerablemente en el pensamiento estratégico de los servicios de seguridad de países desarrollados y emergentes, especialmente cuando se trata del recurso natural más valioso del mundo: el agua.

El agua tiene una inmensa importancia estratégica. La urbanización, crecimiento de la población, cambios de patrones de lluvias y constante desaparición de glaciares se han sumado para ejercer una presión sin precedentes al suministro de agua potable. Un análisis de Naciones Unidas indica que, de persistir las tendencias actuales, la demanda de agua dulce rebasará la oferta en un 40% para 2030 y en 2050 unos 4.000 millones de personas –casi la mitad de la población mundial entonces– vivirá en áreas con grave estrés hídrico -disponibilidad per cápita inferior a 1.000 metros cúbicos al año-. Es un panorama preocupante, que invoca el fantasma de los disturbios y conflictos civiles y de forma reveladora una perspectiva visible de la planificación de los escenarios de los servicios de inteligencia.

En EE.UU, el Pentágono y los servicios de inteligencia ya han realizado varios estudios detallados cuyo objetivo es localizar las áreas más problemáticas del mundo respecto al agua –donde la amenaza de escasez es tan elevada que puede dar lugar a tensiones geopolíticas-. Los informes señalan especialmente vulnerables partes de Asia y África e instan a los dirigentes de EE.UU a emplear recursos para minimizar las posibilidades de una calamidad ecológica y geopolítica. Además, en Reino Unido, el influyente Royal Institute of International Affairs, Chatham House, partiendo de investigaciones que apuntan a la intensificación de controversias relacionadas con el agua entre naciones del sureste asiático, ha estado aconsejando al Gobierno británico que prevea conflictos los próximos años.

De los muchos puntos de estrés hídrico tal vez China sea el más problemático. En su populoso norte, habitado por 600 millones de personas, la disponibilidad de agua por persona ha caído a niveles inferiores a los críticos, menos de 500 metros cúbicos al año. Así que China ha ejercido un control agresivo sobre los sistemas fluviales del Mekong y los ha reforzado en el Tibet, zona rica en glaciares, muy a pesar de India y Vietnam. El norte de África y Oriente Medio también son áreas problemáticas: la población yemení tiene acceso a menos de 200 metros cúbicos de agua al año –lo que pone en peligro la misma existencia del país-.

Hay que priorizar la calidad y resistencia

El acceso del mundo desarrollado al agua potable es bueno por parámetros internacionales, pero también afronta problemas significativos, de diferente naturaleza. En estos países el terrorismo, condiciones meteorológicas extremas y catástrofes naturales han surgido como amenazas importantes para la seguridad e infraestructuras del suministro de agua. Aunque esos acontecimientos se produzcan en contadas ocasiones los dirigentes son conscientes de que no deberían pasar por alto los riesgos. Por consiguiente, se ha vuelto prioritario asegurarse de que el agua puede usarse con seguridad y libre de contaminantes y que los sistemas de distribución son suficientemente sólidos para soportar crisis.

El sector privado tendrá que hacer una importante contribución

Pese a las amenazas, en el mundo existen razones para creer que el futuro no será tan desolador. Los organismos supranacionales como la ONU y la OCDE, gobiernos y empresas de servicios públicos de agua han diagnosticado correctamente los problemas y están coordinando mejor sus esfuerzos.

Pero estas organizaciones no están preparadas para resolver los problemas por sí solas –el sector privado tendrá que hacer una importante contribución-. Al respecto existen empresas especializadas que operan en toda la cadena de suministro de agua, en el nexo agua-seguridad. En abastecimiento han desarrollado equipos para detectar y controlar los niveles de contaminación en origen –con señal de advertencia temprana, como en países con dependencia de agua desalada de los Estados del Golfo Pérsico-. También hay gestoras especializadas que han desarrollado equipos y procesos para producir agua potable a partir de fuentes contaminadas.

A la hora de asegurar la calidad las empresas privadas están especialmente bien preparadas para contribuir a resolver problemas de los municipios. Hay que tener en cuenta que los sistemas de suministro de agua son complejos y grandes –la ciudad media tiene 400 kilómetros de tuberías–, vulnerables a contaminación accidental o deliberada. Además, los procesos tradicionales de prueba y muestreo son engorrosos y pueden ser necesarios hasta tres días para encontrar contaminantes.

Pero las empresas privadas han desarrollado dispositivos y procesos eficaces que proporcionan detección precoz de contaminación bacteriológica, química o por radiación –ya está empleándose en áreas afectadas por la catástrofe de la central nuclear de Fukushima en Japón-. La lista de prioridades también incluye proteger infraestructuras hídricas críticas respecto de daños graves relacionados con la meteorología y sabotaje, para asegurar que las redes sean inmunes a crisis sistémicas y hay empresas que proporcionan equipos de prueba en estrecha colaboración con los proveedores municipales de agua.

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