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Deuda emergente: de secundaria al primer plano


Los mercados internacionales aún continúan infraponderando considerablemente la deuda de los mercados emergentes, debido a que los inversores tienen una percepción común de los mercados emergentes como un sector muy especializado. Sin embargo, esta concepción tradicional parece estar cada vez más obsoleta. El rebote de los mercados emergentes tras esta última crisis ilustra cómo sus fortalezas —como sus economías en crecimiento, sus políticas monetarias creíbles y la profundización en sus mercados de capitales— están contribuyendo a amortiguar mejor los vaivenes de la economía mundial. Estas fortalezas se suman al atractivo de las rentabilidades de la deuda emergente, las cuales podrían alcanzar hasta un 7% —un 10% en bonos denominados en divisas locales— en 2011, según GSAM. 

Tres son los argumentos para convertir la deuda emergente en un elemento esencial de las carteras: unos fundamentales económicos divergentes, un mercado en crecimiento y la durabilidad de los progresos que han realizado los mercados emergentes hasta el momento.  En cuanto a los fundamentales, la inversión en mercados emergentes está respaldada por unas sólidas cifras, ya que se espera que la tasa de crecimiento de estos países supere el 6% en 2011, una cifra que casi triplicaría la tasa de las economías desarrolladas. Sin embargo, las tendencias económicas que generan estas cifras resultan aún más atractivas para los inversores que los números en sí. Las tasas de deuda pública como porcentaje del PIB eran elevadas y tendían al alza en los países desarrollados antes de 2007 y, según el último informe Perspectivas de la Economía Mundial del FMI, estas cifras podrían llegar a una tasa del 100% durante este año.

En contraste, las tasas de deuda pública como porcentaje del PIB en las economías emergentes apenas han alcanzado un tercio de dicha cifra; además, el relativamente estricto control del gasto público ha logrado que los déficits se mantengan muy por debajo del 10%. Al contrario que los gobiernos de los países más industrializados del mundo, que están sufriendo debido a que han gastado sus presupuestos en forma de estímulos para sacar sus economías de la recesión. 

Las perspectivas de crecimiento del mercado también constituyen argumentos claros para asignar activos específicamente a deuda emergente. Desde que comenzaron a aparecer los primeros índices de referencia para mercados emergentes en 1993, el universo de deuda emergente ha pasado de tener un valor de 60.000 millones de dólares a convertirse en un mercado muy líquido de un billón de dólares. Además, recientemente ha eclipsado el tamaño del mercado mundial de bonos de alto rendimiento. Desde entonces, la deuda emergente como clase de activo se ha ampliado para incluir bonos corporativos y bonos denominados en divisas locales, ya que los gobiernos de los mercados emergentes cada vez se endeudan más en sus propias divisas. Este cambio no sólo ha hecho a los mercados emergentes menos vulnerables a fluctuaciones de los tipos de cambio que podrían causar dañinas escaladas en los costes de su deuda nacional, si no que además estos mercados han aprovechado una sólida base de consumidores locales para consolidar un mercado de inversión internacional de más de 600.000 millones de dólares en menos de una década.  

Este aumento de la inversión interna y externa es positivo para todos los inversores, ya que la diversidad de compradores fomenta la estabilidad y profundidad del mercado, y atrae más inversores dentro de un ciclo que se retroalimenta. Esa dinámica es clave para desarrollar las características que los inversores valoran en los mercados maduros, como la liquidez, la transparencia, así como una sólida infraestructura y protección de las inversiones.  

En cuanto a la sostenibilidad de esta trayectoria, las autoridades financieras de los mercados emergentes están perfeccionando la disciplina que pondrá a sus economías y mercados de capitales en una buena posición para el futuro. Por ejemplo, la creciente estabilidad económica ha permitido a sus bancos centrales hacer frente a errores en las políticas monetarias que en su momento supusieron un obstáculo para su participación en el crecimiento mundial. Durante esta crisis, en lugar de elevar los tipos de interés para evitar salidas de capitales, por primera vez muchos bancos centrales de países emergentes pudieron bajar los tipos para aliviar el impacto en sus economías. Para continuar por la senda del progreso, se deben consolidar unos sólidos principios de gobierno corporativo y estado de derecho a través de una mayor regulación. 

Ya se están dando tendencias que ayudarán a las economías emergentes a superar su fama de volátiles. Entre ellas, destacan la consolidación de las finanzas nacionales, las mejoras de las políticas financieras y los progresos en la profundidad e infraestructura de los mercados, que han ayudado a reforzar considerablemente las entradas de capitales en la deuda de las economías emergentes durante la última década. Su durabilidad durante ese tiempo sugiere que estas tendencias son sostenibles a largo plazo, y en muchos casos son la envidia de los mercados desarrollados. Una importante herencia de la crisis financiera de 2008 es que se ha cuestionado la distinción entre mercados emergentes y desarrollados, y los inversores atentos a la evolución de los mercados de capitales mundiales se han dado cuenta rápidamente de que, en las carteras diversificadas internacionalmente, los emergentes ya no son algo marginal.

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